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2 “ Eres un monstruo y no mereces vivir”. Aquello era lo que en el pasado muchos de mis compañeros me gritaban, riéndose de mí y humillándome ante las chicas. Llegué a este mundo con una malformación en la cara lo suficientemente seria como para perder mi ojo derecho, a causa de ello el resto de mi vida se convirtió en un difícil camino cuyo único destino era sobrevivir. A pesar de que la adolescencia fue la época más traumática siempre tuve el apoyo incondicional de mi abuelo, el cual haciendo uso de su gran sabiduría me aconsejaba logrando hacerme sentir mejor. Muchas fueron las frases que me hicieron pensar pero tan solo una de ellas fue lo suficientemente impactante como para cambiar el rumbo de mi vida.
3 “Nada es verdad ni mentira, todo depende del cristal por el cual se mira” La primera vez que escuché aquella oración no comprendí realmente la grandeza de su significado, incluso subestimé su sentido racional, pero mi abuelo me explicó con detalle su concepto: Cada persona es especial por alguna particularidad que lo hace único, que mi rostro fuese distinto al del resto no significaba que por ello fuese un monstruo. Todo el mundo no ve del mismo modo, para muchos el color negro es sinónimo de muerte y mal augurio, sin embargo para otros es el poder y la elegancia, todo depende de quién lo mire. Aquellas palabras con las que me aconsejaba día tras día me ayudaron a seguir adelante, a llevar a cabo mis estudios y a no dar mayor importancia a aquellos que intentaron dañarme. Lamentablemente la peor época estaba por llegar y el fallecimiento de mi abuelo fue el súmmum de mi infelicidad.
4 Heredé su casa y también su fortuna, lo cierto es que me hubiese gustado ganar el dinero con mi propio esfuerzo, ser independiente, pero tras su muerte caí en una profunda depresión que me convirtió en el extraño que soy ahora. A pesar de todo hubo una persona que dedicó su tiempo en ayudarme, su nombre era Elisabeth Wallace, y durante un tiempo relevó a mi abuelo. De pequeño estuve viviendo en la casa que ahora habitaba, sus padres tenían una fuerte amistad con los míos, y siempre celebrábamos reunidos las fiestas, se puede decir que nos criamos juntos. Ante tanta amabilidad acabé cogiéndole un gran afecto, su mirada no era como la de los demás; no mostraba el más mínimo sentimiento de compasión por mi malformación, simplemente me trataba como a los demás. Fueron sus ojos los que me enamoraron, mi fijación por ellos acabó desencadenando en mi una especie de admiración y obsesión que se reflejaba incluso en mis sueños. Lo cierto es que jamás intenté declararle mis sentimientos, no hacía falta porque ya sabía su respuesta ¿Quién podría enamorarse de mí?.
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6 ¿Cuánto tiempo llevábamos encerrados? Lo mismo podían ser cinco días que quince. O veinte. Yo ya había perdido la cuenta. Desde aquella mañana velada por la neblina en que el miedo nos obligó a refugiarnos en la casa todo me resultaba tan irreal como un sueño. El constante y silencioso latido de la sangre galopándome en los oídos, la figura borrosa de Lena parada en el quicio de la puerta, observándome con ojos sombríos, perturbados, temblando de pies a cabeza, la muerte absurda como lo son todas las muertes de Mars, y la cercanía ineludible de una atrocidad sin nombre, acechante en el exterior, detrás de las paredes de la casa que apenas otorgaban una ilusión de resguardo inexistente.
7 Desde entonces soy víctima de pensamientos turbulentos y feroces fuerzas inmateriales. Como si las brumosas imágenes de mis pesadillas más espeluznantes quisieran ascender a la realidad empírica de mi conciencia, elevándose con siniestro aleteo de murciélagos. El tiempo se había detenido en una eternidad bostezante. No había días o noches en la vida intramuros. Sólo revoque, cielo raso y una espera sin cambios ni esperanza. Casi no hablábamos. Racionábamos las palabras con el mismo sentido de austeridad con el que sobrellevábamos aquella prisión involuntaria, necesaria. Solo nos unía la comunión de un terror compartido. La expectativa de la muerte cercana, inevitable había deteriorado nuestro carácter hasta reducirnos a meros fantasmas que parecían habitar cuerpos extraños, perdidos en ese reducido mundo de encierro.
8 AhOrA pReGuNtAtE….. QuE PaSa mIeNtRaS DuErMeS??