1 Batalla de las TERMÓPILAS (Agosto o septiembre de 480 a.C.) durante la Segunda Guerra Médica (480-479 a.C.) “A los griegos que se hallaban en las Termópilas el primero que les anunció que iban a morir al rayar el día fue el adivino Megistias, pues lo había observado en las entrañas de las víctimas; posteriormente, hubo asimismo unos desertores que les informaron de la maniobra envolvente de los persas (esos sujetos dieron la alarma cuando todavía era de noche); mientras que, en tercer lugar, lo hicieron los vigías, que bajaron corriendo de las cumbres cuando ya alboreaba el día. Pero en aquellos momentos, trabaron combate fuera del paso y los bárbaros sufrieron cuantiosas bajas, pues, situados detrás de sus unidades, los oficiales, provistos de látigos, azotaban a todo el mundo, obligando a sus hombres a proseguir sin cesar su avance. De ahí que muchos soldados cayeran al mar, perdiendo la vida, y muchísimos más perecieron al ser pisoteados vivos por sus propios camaradas; sin embargo, nadie se preocupaba del que sucumbía. Los griegos, como sabían que iban a morir debido a la maniobra envolvente de los persas por la montaña, desplegaron contra los bárbaros todas las energías que les quedaban con un furor temerario.” Heródoto, Historia, VII 219-228 (selección), traducción de Carlos Schrader, Biblioteca Clásica Gredos, Madrid, 1985.
2 Batalla de SALAMINA (480 a.C.) durante la Segunda Guerra Médica. “Comenzó, Señora, todo el desastre, al aparecer, saliendo de algún sitio, un genio vengador o alguna perversa deidad. Sí; vino un hombre griego del ejército de los atenienses y dijo a tu hijo Jerjes que, a la llegada de la oscuridad de la negra noche, no permanecerían allí los griegos, sino que saltarían a los barcos de remeros que tienen las naves y cada cual por un sitio distinto, procurando ocultarse al huir, intentarían salvar la vida. Él, inmediatamente que lo hubo oído, sin advertir el engaño del hombre griego ni tampoco la envidia de los dioses, comunicó esta orden a todos los que eran capitanes de barco: evitar la salida de barcos enemigos y vigilar las rutas rugientes por el oleaje(...). La noche avanzaba, pero la escuadra griega no hacía una salida furtiva por ningún sitio. Pero después que el día radiante, con sus blancos corceles, ocupó con su luz la tierra entera, en primer lugar, un canto, un clamor a modo de himno, procedente del lado de los griegos, profirió expresiones de buenos augurios que devolvió el eco de la isleña roca. El terror hizo presa en todos los bárbaros, defraudados en sus esperanzas, pues no entonaban entonces los griegos el sacro peán como preludio para una huida, sino como quienes van al combate con el coraje de almas valientes. La trompeta con su clangor encendió el ánimo de todos aquéllos. Inmediatamente con cadenciosas paladas del ruidoso remo golpeaban las aguas profundas del mar, al compás del sonido de mando. Rápidamente todos estuvieron al alcance de nuestra vista. La primera, el ala derecha, en formación correcta, con orden, venía en cabeza. En segundo lugar, la seguía toda la flota. Al mismo tiempo podía oírse un gran clamor: "Adelante, hijos de los griegos, libertad a la patria. Libertad a vuestros hijos, a vuestras mujeres, los templos de los dioses de vuestra estirpe y las tumbas de vuestros abuelos. Ahora es el combate por todo eso". Esquilo, Los Persas, 353-433 y 447-470, traducción de Bernardo Perea, Biblioteca Clásica Gredos, Madrid, 1993
3 Guerra del PELOPONESO: DIÁLOGO DE MELOS (431- 404 a.C.) Atenienses: «(...) Ahora lo que queremos demostraros es que estamos aquí para provecho de nuestro imperio y que os haremos unas propuestas con vistas a la salvación de vuestra ciudad, porque queremos dominaros sin problemas y conseguir que vuestra salvación sea de utilidad para ambas partes». Melios: «¿Y cómo puede resultar útil para nosotros convertirnos en esclavos, del mismo modo que para vosotros lo es ejercer el dominio?». Atenienses: «Porque vosotros, en vez de sufrir los males más terribles, seríais súbditos nuestros y nosotros, al no destruiros, saldríamos ganando». Melios: «¿De modo que no aceptaríais que, permaneciendo neutrales, fuéramos amigos en lugar de enemigos, sin ser aliados de ninguno de los dos bandos?». Atenienses: «No, porque vuestra enemistad no nos perjudica tanto como vuestra amistad, que para los pueblos que están bajo nuestro dominio sería una prueba manifiesta de debilidad, mientras que vuestro odio se interpretaría como una prueba de nuestra fuerza». Melios: «¿Tal es la idea que vuestros súbditos se forman de lo razonable, que ponen en un mismo plano a los pueblos que no tienen ningún lazo con vosotros y a todos aquellos que en su mayoría son colonos vuestros y de los que algunos han sido reducidos tras una sublevación?». Tucídides, Historia de la Guerra del Peloponeso, V 86-116, traducción de Juan José Torres, Biblioteca Clásica Gredos, Madrid, 1991
4 Entonces los atenienses se retiraron del debate; y los melios, tras estar deliberando entre ellos, como su decisión estaba en consonancia con su postura anterior y en desacuerdo con los atenienses, respondieron lo siguiente: «Atenienses, ni nuestras opiniones son distintas a las que sosteníamos al principio, ni en un instante vamos a privar de su libertad a una ciudad que está habitada desde hace setecientos años, sino que, confiando en la fortuna otorgada por la divinidad que hasta ahora la ha mantenido a salvo y en la ayuda de los hombres, y en particular de los lacedemonios, intentaremos salvarla. Nuestra propuesta es ser amigos vuestros, sin enemistarnos con ninguno de los dos bloques, y que vosotros os retiréis de nuestra tierra después de concluir un tratado que resulte satisfactorio para ambas partes». Esto es cuanto respondieron los melios; y los atenienses, dando ya por terminadas las negociaciones, hicieron la siguiente declaración: «Verdaderamente, a juzgar por estas decisiones, sois, a nuestro parecer, los únicos que tenéis por más cierto el futuro que los que estáis viendo y que, con los ojos del deseo, contempláis como si ya estuviera ocurriendo lo que todavía no se ve. En fin, cuanto mayor sea la confianza con que os abandonéis a los lacedemonios, a la fortuna y a las esperanzas, tanto mayor será vuestra caída» (...) Los atenienses mataron a todos los melios adultos que apresaron y redujeron a la esclavitud a niños y mujeres. Y ellos mismos, con el posterior envío de quinientos colonos, poblaron el lugar.
5 Alianza de Hierón con los romanos durante la primera Guerra Púnica (264-241 a.C.) “Una vez hubo llegado de Sicilia a Roma la nueva de los sucesos de Appio y de sus tropas (263 años antes de J. C.); y creados cónsules M. Octalicio y M. Valerio, se enviaron todas las legiones con sus jefes, unas y otros para pasar a Sicilia. Asciende el total de tropas entre los romanos, sin contar las de los aliados, a cuatro legiones que se escogen todos los años. Cada una de las legiones se compone de cuatro mil infantes y trescientos caballos. A la llegada de éstas, muchas ciudades de los cartagineses y siracusanos, dejando su partido, se agregaron a los romanos. La consideración del abatimiento y espanto de los sicilianos, junto con la multitud y fuerza de las legiones romanas, persuadieron a Hierón que se podía abrigar esperanzas más lisonjeras de los romanos que no de los cartagineses. Y así, estimulado de la razón a seguir este partido, despachó embajadores a los Cónsules para tratar de paz y alianza. Los romanos oyeron con gusto la propuesta, especialmente por los convoyes; pues señores entonces cartagineses del imperio del mar, temían no les cerrasen por todas partes el transporte de los víveres principalmente cuando en el pasaje de las primeras legiones se había experimentado una gran escasez de comestibles. Por lo cual, atento a que Tierón en esta parte les serviría de mucho provecho, aceptaron con gusto su amistad. Concertados los pactos de que el Rey restituiría a los romanos los cautivos sin rescate y a más pagaría cien talentos de plata, de allí en adelante vivieron éstos como amigos y aliados de los siracusanos; y el rey Hierón, desde aquel tiempo, acogido a la sombra del poder romano, y auxiliándole siempre según las circunstancias lo exigían, reinó tranquilamente en Sicilia, sin más ambición que la de ser coronado y aplaudido entre sus vasallos. (…)
6 “…En efecto, fue príncipe el más recomendable de todos, y el que por más tiempo gozó el fruto de su prudencia en los asuntos públicos y privados. Llevado a Roma este tratado y aprobadas y ratificadas por el pueblo con Hierón sus condiciones, determinaron los romanos no enviar en adelante todas las tropas a Sicilia, sino únicamente dos legiones; persuadidos de que con la alianza de este rey se habían descargado en parte del peso de la guerra, y que su modo de entender abundarían de esta manera sus tropas más fácilmente de todo lo necesario. Los cartagineses, noticiosos de que Hierón se había declarado su enemigo, y que los romanos se empeñaban con mayor esfuerzo sobre la Sicilia, concibieron necesitaban mayores acopios con que poder contrarrestar sus enemigos y conservar lo que poseían en esta isla. Por lo que, movilizando tropas a su sueldo en las regiones ultramarinas, muchas de ellas ligures y celtas, y muchas más aún españolas, todas las enviaron a Sicilia. Además de esto, viendo que Agrigento era por naturaleza la ciudad más acomodada y fuerte de su mando para los acopios, recogieron en ella las provisiones y tropas, resueltos a servirse de esta ciudad como plaza de armas para la guerra. Los Cónsules romanos que habían concluido el tratado con Hierón tuvieron que volverse a Roma (262 años antes de J. C.), y L. Postumio y Q. Mamilio, nombrados en su lugar, vinieron a Sicilia con las legiones.” Polibio de Megalópolis, “Historia Universal bajo la República Romana”, Libro I
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