Creo en el Espíritu Santo Parte 2ª Credo 15.

1 Creo en el Espíritu Santo Parte 2ª Credo 15 ...
Author: Rafael Núñez Fuentes
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1 Creo en el Espíritu Santo Parte 2ª Credo 15

2 Creemos que todo es común en las Tres Personas de la Stma. TrinidadCreemos que todo es común en las Tres Personas de la Stma. Trinidad. Pero atribuimos al Padre, la omnipotencia con sus manifestaciones, como es la creación, porque Él es el principio de las otras dos Personas; Al Hijo atribuimos la sabiduría y las obras de sabiduría, porque El procede del Padre por el Intelecto; al Espíritu Santo atribuimos las operaciones de gracia y santificación de las almas, porque Él procede del Padre y del Hijo como su amor mutuo y es llamado en las Sagradas Escrituras, la bondad y caridad de Dios.

3 El Espíritu Santo nos santifica no sólo por la gracia sobrenatural, participación de la naturaleza divina y procedente de Dios Trinidad, sino por unos dones especiales que se atribuyen a la acción del Espíritu Santo en el alma.

4 El profeta Isaías nos habla de unos dones que tendrá el MesíasEl profeta Isaías nos habla de unos dones que tendrá el Mesías. Esa es la base de los dones que la Iglesia atribuye al Espíritu Santo para santificarnos. «Saldrá un vástago del tronco de Jesé, y un retoño de sus raíces brotará. Reposará sobre él el Espíritu del Señor: espíritu de sabiduría e inteligencia, espíritu de consejo y de fortaleza, espíritu de ciencia y temor del Señor». Is 11, 1-2

5 Siguiendo lo que nos dice el profeta Isaías, la Iglesia enumera estos siete dones: don de sabiduría, entendimiento, consejo, fortaleza, ciencia, piedad y temor del Señor. Nos conviene conocerlos, estimarlos, desearlos y disponernos para que el Espíritu Santo los grabe en nuestro ser.

6 Los dones o gracias del Espíritu Santo son de dos tipos: unos son especialmente encaminados a la santificación de la persona que los recibe y que son los siete “dones” expresados. Otros, son llamados carismas: son favores extraordinarios otorgados para ayudar a la Iglesia, favores que no santifican por sí mismos, e incluso pueden estar separados de la gracia santificante.

7 Cuando una persona realiza actos buenos, ayudada por la gracia ordinaria de Dios, que nunca nos falta, llega cada vez más a realizarlos con facilidad. Cuando ya se realizan con facilidad, se dice que tiene una virtud. Va teniendo más virtudes cuantos más actos buenos vaya haciendo de distintas clases.

8 Esas virtudes las vamos adquiriendo con nuestra propia fuerza de voluntad, siguiendo el impulso y guía de la razón, ayudados siempre con la gracia ordinaria de Dios que nunca nos falta. Pero en esas virtudes actuamos “al modo humano”.

9 Cuando el alma, con fervor y dócil a la acción del Espíritu Santo, se ejercita en la práctica de las virtudes, va adquiriendo facilidad en ello. Ya no se sienten las repugnancias que se sentían al principio. Se hace con gusto lo que antes se hacía con sacrificio. Esto significa realizar las acciones no “al modo humano”, sino “al modo divino”. Aquí es donde entra la acción especial del Espíritu Santo.

10 Para que la persona pueda actuar “al modo divino”, el Espíritu Santo le infunde los siete dones o actúa por medio de los siete dones. Pueden ser todos o más bien alguno o algunos. Son disposiciones permanentes en el alma para seguir los impulsos del Espíritu Santo.

11 Estos dones son infundidos por DiosEstos dones son infundidos por Dios. El alma no podría adquirir los dones por sus propias fuerzas ya que transcienden todo el orden puramente natural. Estos dones está claro que no se pueden tener en pecado mortal sino en gracia.

12 De todo esto se deduce que las virtudes son imperfectas porque actuamos al modo humano y es necesario que los dones del Espíritu Santo vengan en su ayuda para proporcionarles su modalidad divina, sin la cual las virtudes no podrán alcanzar su plena perfección. 

13 Los siete dones del Espíritu Santo nos ayudan a superar las debilidades de nuestra naturaleza humana al aportarnos una luz divina para discernir, querer, actuar y amar según el corazón de Dios. Son obras del Espíritu Santo; pero nosotros podemos disponernos a recibirlos: refrenando las pasiones, los afectos desordenados, las distracciones hacia lo menos perfecto, etc.

14 Sobre este disponerse decía santa Teresa de Ávila, doctora de la Iglesia en temas de santificación:"La primera oración que sentí, a mi parecer, sobrenatural, que llamo yo lo que con industria ni diligencia no se puede adquirir aunque mucho se procure, aunque disponerse para ello sí y debe de hacer mucho al caso..."

15 1. El don de sabiduría es el primero y mayor de los siete dones 1. El don de sabiduría es el primero y mayor de los siete dones. Decía Juan Pablo II: “Es una participación especial en ese conocimiento misterioso y sumo, que es propio de Dios... Esta sabiduría superior es la raíz de un conocimiento nuevo, impregnado por la caridad, gracias al cual el alma adquiere familiaridad, por así decirlo, con las cosas divinas y prueba gusto en ellas.”

16 Por la sabiduría juzgamos rectamente de Dios y de las cosas divinas por sus últimas y altísimas causas bajo el instinto especial del Espíritu Santo, que nos las hace saborear por cierta connaturalidad y simpatía. No se trata sólo de conocer mucho mejor las cosas divinas, sino de saborearlas.

17 Por lo tanto, el don de sabiduría nos hace apetecer y amar profundamente las cosas del cielo.Los gozos de la tierra pierden su sabor, mientras la Cruz de Cristo produce una divina dulzura, de acuerdo a las palabras del Salvador: “Toma tu cruz y sígueme, porque mi yugo es dulce y mi carga ligera”.

18 Gracias a este don toda la vida del cristiano con sus acontecimientos, sus aspiraciones, sus proyectos, sus realizaciones, llega a ser alcanzada por el soplo del Espíritu, que la impregna con la luz "que viene de lo Alto", como lo han testificado tantas almas escogidas también en nuestros tiempos... 

19 El don de Sabiduría, abarcando a todos los otros dones, como la caridad abraza a todas las otras virtudes, la Sabiduría es el más perfecto de los dones. De la Sabiduría está escrito: “todo lo bueno vino a mí con Ella, y riquezas innumerables me llegaron a través de sus manos”. Es el don de la Sabiduría el que fortalece nuestra fe, fortifica la esperanza, perfecciona la caridad y promueve la práctica de la virtud en el más alto grado.

20 2. El don de entendimiento es una gracia del Espíritu Santo para comprender la Palabra de Dios y profundizar las verdades reveladas. Por la fe las conocemos, pero por el entendimiento aprendemos a apreciarlas y a apetecerlas. Nos permite penetrar el profundo significado de las verdades reveladas y, a través de ellas, avivar la novedad de la vida. Es casi una intuición de la verdad divina.

21 Nuestra fe deja de ser estéril e inactiva e inspira un modo de vida que da elocuente testimonio de la fe que hay en nosotros. Comenzamos a “caminar dignos de Dios en todas las cosas complaciendo y creciendo en el conocimiento de Dios”.

22 Comunica al creyente una chispa de capacidad penetrante que le abre el corazón a percibir gozosamente el designio amoroso de Dios.  Se renueva entonces la experiencia de los discípulos de Emaús, los cuales, tras haber reconocido al Resucitado en la fracción del pan, se decían uno a otro: "¿No ardía nuestro corazón mientras hablaba con nosotros en el camino, explicándonos las Escrituras?" (Lc 24:32)

23 Otro ejemplo puede ser cuando Jesús aparece resucitado junto al lagoOtro ejemplo puede ser cuando Jesús aparece resucitado junto al lago. El primero que le reconoce es el discípulo amado que dice a Pedro: “Es el Señor”. Entonces el corazón de Pedro arde y se lanza sin miedo al agua. ¡Ha reconocido al Señor! Lo mismo nos ocurre a nosotros cuando un día, leyendo las Escrituras, un pasaje nos habla personalmente y hasta cambia nuestra vida, arde el corazón y le reconocemos.

24 Sin el don de Entendimiento la escritura no es más que un libro, la vida no es más que un azar, el hermano no es más que un extraño y la Eucaristía no es más que pan. Pero con el don de Entendimiento se abren nuestros ojos, y asombrados y gozosos decimos que quien está en todo eso “¡es el Señor!”

25 3. El don de consejo es como la perfección de la prudencia sobrenatural y nos permite ver y escoger correctamente aquello que ayudará más a la gloria de Dios y a nuestra propia salvación.  El don del consejo ilumina la conciencia en las opciones que la vida diaria le impone, sugiriéndole lo que es lícito, lo que corresponde, lo que conviene más al alma, especialmente en circunstancias difíciles.

26 La virtud de la prudencia nos ayuda a discernir el verdadero bien del mal para cada circunstancia, y a elegir los medios adecuados para realizarlo. Esto en las circunstancias ordinarias. Pero la vida no siempre es fácil y hay opciones importantes, como por ejemplo dar respuesta a la vocación o saber qué camino recorrer entre dificultades y obstáculos.

27 Para ello necesitamos una ayuda de una luz de lo Alto.El Espíritu de Dios sale al encuentro de esta súplica mediante el don de consejo, con el cual enriquece y perfecciona la virtud de la prudencia y guía al alma desde dentro, iluminándola sobre lo que debe hacer, especialmente cuando se trata de dificultades para el progreso espiritual del alma.

28  El don de consejo actúa como un soplo nuevo en la conciencia, sugiriéndole lo que es lícito, lo que corresponde, lo que conviene más al alma. La conciencia se convierte entonces en el «ojo sano» del que habla el Evangelio (Mt 6, 22), y adquiere una especie de nueva pupila, gracias a la cual le es posible ver mejor lo que hay que hacer en una determinada circunstancia, aunque sea la más intrincada y difícil.

29 4. En la vida normal tenemos muchas dificultades para el cumplimiento del propio deber. Necesitamos la virtud de la fortaleza, que es una de las cuatro virtudes cardinales. Pero a veces necesitamos el don de fortaleza para llevar a cabo las tareas más arduas, para enfrentar los peligros, estar por encima del respeto humano, y soportar sin quejarse el lento martirio de la tribulación aún de toda una vida. “El que persevere hasta el fin, ese se salvará”(Mt 24,13).

30 El don de fortaleza es necesario para el heroísmo de lo grande y para el de lo pequeño. Puede haber momentos grandes, decisivos en el camino a Dios, como es el martirio. El heroísmo a lo grande resplandece también en las grandes empresas de los que ponen su vida al servicio de Dios.

31  El don de fortaleza es un impulso sobrenatural, que da vigor al alma no solo en momentos dramáticos como el del martirio, sino también en las habituales condiciones de dificultad: en la lucha por permanecer coherentes con los propios principios; en el soportar ofensas y ataques injustos; en la perseverancia valiente, incluso entre incomprensiones y hostilidades, en el camino de la verdad y de la honradez.

32 Cuando recibimos el don de Fortaleza, Jesús nos toma de la mano y nos hace capaces de lo que humanamente es imposible: caminar sobre las aguas, sobre las tormentas de la vida, sobre las tentaciones y sufrimientos. Pero no se trata de caminar solo, quien lo intente se hundirá sin remedio, sino de caminar con la mirada puesta en Jesús, tomado de Su mano con la fuerza del Espíritu Santo.

33 Este don produce en el alma dócil un afán siempre creciente de santidad, que no mengua ante los obstáculos y dificultades. Sobre esto nos dice Santa Teresa en su Camino de Perfección: “Lo que importa es una gran determinación de no parar hasta llegar a la santidad, venga lo que venga, suceda lo que suceda, trabaje lo que se trabaje, murmure quien murmure, siquiera llegue allá, siquiera se muera en el camino o no tenga corazón para los trabajos que hay en él, siquiera se hunda el mundo”.

34 5. El don de ciencia nos capacita para ver las cosas en su relación a Dios, de manera que tengamos la visión auténtica de ellas, no despreciando su valor, pero reconociendo que Dios es su fundamento y que todos los valores terrenos son limitados. El hombre está expuesto a la tentación de dar una interpretación naturalista del mundo; corre el riesgo de absolutizar y casi de divinizar lo terreno, sobre todo las riquezas, el placer y el poder.

35  Para resistir esa tentación sutil y para remediar las consecuencias nefastas a las que puede llevar, el Espíritu Santo socorre al hombre con el don de la ciencia. Es ésta la que le ayuda a valorar rectamente las cosas en su dependencia esencial del Creador. “Gracias a ella, como escribe Santo Tomás, el hombre no estima las criaturas más de lo que valen y no pone en ellas, sino en Dios, el fin de su propia vida.” 

36 Así logra descubrir el sentido teológico de lo creado, viendo las cosas como manifestaciones verdaderas y reales, aunque limitadas, de la verdad, de la belleza, del amor infinito que es Dios, y como consecuencia, se siente impulsado a traducir este descubrimiento en alabanza, cantos, oración, acción de gracias.  "El cielo proclama la gloria de Dios y el firmamento pregona la obra de sus manos" (Sal 8, 2).

37 6. El don de Piedad nos abre a la ternura para con Dios como Padre y para con los hermanos como hijos del mismo Padre. Sana nuestro corazón de todo tipo de dureza. Extingue en el corazón aquellos focos de tensión y de división como son la amargura, la cólera, la impaciencia, y lo alimenta con sentimientos de comprensión, de tolerancia, de perdón. El don de Piedad es sentirse acogido en la casa del Padre, como el hijo en la parábola del Hijo Pródigo.

38 En la vida encontramos muchas pruebas y sufrimientos; y quizá nos preguntamos, ¿por qué Dios lo permite? Pero debemos tener la seguridad de que Dios sabe lo que más nos conviene, aún en las pruebas. Cuando el Espíritu Santo nos revela, en lo profundo del corazón, que somos hijos de Dios, entonces ya no hay amargura, ni resenti-miento, ni acusación contra Dios; dejamos de ser esclavos del sufrimiento y nos abandonamos en los brazos de nuestro Padre Celestial.

39 El don de piedad se ordena a que nos presentemos ante Dios con actitud y sentimientos de hijos y a que no perdamos esa postura, aunque Dios nos pruebe y nos envíe dolores. A la vez hace que abarquemos con nuestro amor a nuestros prójimos, que veamos en ellos hermanos y hermanas y que superemos cualquier aversión a nuestros semejantes.

40 La ternura, como actitud sinceramente filial para con Dios, se expresa en la oración. La experiencia de la propia pobreza existencial, del vacio que las cosas terrenas dejan en el alma, suscita en el hombre la necesidad de recurrir a Dios para obtener gracia, ayuda y perdón. El don de la piedad orienta y alimenta dicha exigencia, enriqueciéndola con sentimientos de profunda confianza para con Dios, experimentado como Padre providente y bueno.

41 La ternura, como apertura auténticamente fraterna hacia el prójimo, se manifiesta en la mansedumbre.Con el don de la piedad el Espíritu infunde en el creyen-te una nueva capacidad de amor hacia los hermanos, haciendo su Corazón de alguna manera participe de la misma mansedumbre del Corazón de Cristo. El cristiano «piadoso» siempre sabe ver en los demás a hijos del mismo Padre, llamados a formar parte de la familia de Dios, que es la Iglesia. Por esto se siente impulsado a tratarlos con la solicitud y la amabilidad propias de una genuina relación fraterna.

42 7. El don del temor de Dios nos llena con un soberano respeto por Dios, y nos hace que a nada temamos más que a ofenderlo por el pecado. Es un temor que nos eleva, no desde el pensamiento del infierno, sino desde el sentimiento de reverencia y filial sumisión a nuestro Padre Celestial. El temor de Dios no es ni tiene que ver con tenerle miedo a Dios. El verdadero don de temor tiene que ver con la reverencia hacia la grandeza de Dios.

43 La Sagrada Escritura afirma que el "Principio del saber, es el temor de Yahveh" (Sal 110/111, 10; Pr 1, 7). ¿Pero de que temor se trata? No ciertamente de ese «miedo de Dios» que impulsa a evitar pensar o acordarse de El, como de algo que turba e inquieta. Ese fue el estado de ánimo que, según la Biblia, impulsó a nuestros progenitores, después del pecado, a «ocultarse de la vista de Yahveh Dios por entre los árboles del jardín» (Gen 3, 8).

44 Temor de Dios, como don, es sentir un espíritu contrito ante Dios, concientes de las culpas y del castigo divino, pero dentro de la fe en la misericordia divina. Temor a ofender a Dios, humildemente reconociendo nuestra debilidad. Sobre todo: temor filial, que es el amor de Dios: el alma se preocupa de no disgustar a Dios, amado como Padre, de no ofenderlo en nada, de "permanecer" y de crecer en la caridad (cfr Jn 15, 4-7).

45 De este santo y justo temor, unido al amor de Dios, depende toda la práctica de las virtudes cristianas, y especialmente de la humildad, de la templanza, de la castidad, de la mortificación de los sentidos. Recordemos la exhortación del Apóstol Pablo a sus cristianos: "Queridos míos, purifiquémonos de toda mancha de la carne y del espíritu, consumando la santificación en el temor de Dios» (2 Cor 7, 1).

46 Frutos del Espíritu SantoLos dones del Espíritu Santo perfeccionan las virtudes sobrenaturales al permitirnos practicarlas con mayor docilidad a la divina inspiración. A medida que crecemos en el conocimiento y en el amor de Dios, bajo la dirección del Santo Espíritu, nuestro servicio se torna más sincero y generoso y la práctica de las virtudes más perfecta. Tales actos de virtudes dejan el corazón lleno de alegría y consolación y son conocidos como frutos del Espíritu Santo.

47 Les sucede a las virtudes lo mismo que a los árboles: los frutos de éstos, cuando están maduros, ya no son agrios, sino dulces y de agradable sabor. Lo mismo los actos de las virtudes, cuando han llegado a su madurez, se hacen con agrado y se les encuentra un gusto delicioso. Se llaman frutos cuando estos actos se realizan con facilidad y placer. Ello es gracias al Espíritu Santo.

48 Los frutos son perfecciones que forma en nosotros el Espíritu Santo como primicias de la gloria eterna. La tradición de la Iglesia enumera doce: caridad, gozo, paz, paciencia, longanimidad, bondad, benignidad, mansedumbre, fidelidad, modestia, continencia, castidad. Se basa en lo que nos dice san Pablo: (Gal 5,22-23).

49 Esta lista de doce no debe tomarse en un sentido estrictamente limitado, sino que pueden incluir todos los actos de carácter similar. Por eso dice santo Tomás: "Todo acto virtuoso que el hombre realiza con placer es un fruto". Los frutos del Espíritu Santo no son hábitos, cualidades permanentes, sino actos. Provienen de las virtudes y los dones. Cuando el Espíritu Santo da sus frutos en el alma, vence las tendencias de la carne.

50 La caridad es el primero entre los frutos del Espíritu Santo, porque es el que más se parece al Espíritu Santo, que es el amor personal, y por consiguiente el que más nos acerca a la verdadera y eterna felicidad y el que nos da un goce más sólido y una paz más profunda.

51 El gozo es el 2º fruto del Espíritu Santo que nombra san PabloEl gozo es el 2º fruto del Espíritu Santo que nombra san Pablo. Cuanto más se apodera Dios de un alma más la santifica; y cuanto más santa sea, más feliz es. Seremos mas felices a medida que nuestra naturaleza va siendo curada de su corrupción.

52 Solamente la posesión de Dios nos afianza contra las turbaciones y temores, mientras que la posesión de las criaturas causa mil inquietudes y mil preocupaciones. Quien posee a Dios no se inquieta por nada, porque Dios lo es todo para él, y todo lo demás solo vale en relación a Él y según Él lo disponga.

53 De ahí que el tercer fruto es la pazDe ahí que el tercer fruto es la paz. La paz que, según San Agustín, es la tranquilidad en el orden. Mantiene al alma en la posesión de la alegría contra todo lo que es opuesto. Excluye toda clase de turbación y de temor.

54 La paz hace que Dios reine en el alma y que solamente Él sea el dueño. La paz mantiene al alma en la perfecta dependencia de Dios. Por la gracia santificante, Dios se hace en el alma como una fortaleza donde habita. Por la paz se apodera de todas las facultades, fortificándolas tan poderosamente que las criaturas ya no pueden llegar a turbarlas. Dios ocupa todo el interior. Por eso los santos están tan unidos a Dios lo mismo en la oración que en la acción; y los acontecimientos más desagradables no consiguen turbarlos.

55 Es propio de la virtud de la paciencia moderar los excesos de la tristeza. Para ejercer la paciencia como virtud se requieren grandes esfuerzos y sacrificios. Pero cuando la paciencia es fruto del Espíritu Santo, esos esfuerzos se realizan sin dificultad y con gusto. La paciencia ve con alegría todo aquello que puede causar tristeza. Así los mártires se regocijaban con la noticia de las persecuciones y a la vista de los suplicios. La paciencia como fruto será poder cantar con alegría lo que decía santa Teresa:

56 Nada te turbe, nada te espante.Automático

57 Todo se pasa, Dios no se muda.

58 La paciencia todo lo alcanza.

59 Quien tiene a Dios nada le falta.

60 Sólo Dios basta. Hacer CLICK

61 Consecuencia del fruto de la paciencia es la longanimidad.Se llama a la grandeza y constancia de ánimo en las adversidades. La longanimidad o perseverancia nos ayudan a mantenernos fieles al Señor a largo plazo. La longanimidad es como el perfecto desarrollo de la virtud de la esperanza. Quien es longánimo no se fía de sí mismo, pero sí de Dios, no se basa en sus propias fuerzas, sino en la ayuda de la gracia divina. Incluye dominio de si. Es imitar a Dios, que es “lento para la ira”.

62 Frutos de bondad y benignidadEstos dos frutos miran al bien del prójimo. Pero no sólo como virtud, que es capital en la doctrina de Jesucristo, sino que consiste en tratar a los demás con gusto, cordialmente, con alegría. Para ser fruto del Espíritu Santo lo llamaríamos: dulzura, delicadeza, clemencia, compasión, complacencia, apacibilidad. Realizar la caridad así es un fruto del Espíritu Santo.

63 Es propio de la virtud de la mansedumbre moderar los arrebatos de cólera que se levanta impetuosa para rechazar el mal presente. El esfuerzo por ejercer la mansedumbre como virtud requiere violentos esfuerzos y grandes sacrificios. Pero cuando la mansedumbre es fruto del Espíritu Santo, aparta a sus enemigos sin combate, o si llegan a combatir, es sin dificultad y con gusto. Manso es el que se violenta a sí mismo para no violentar a los demás. Hacerlo con gusto es un fruto del Espíritu.

64 La fidelidad, como fruto del Espíritu Santo, puede tener dos sentidos.El primero se refiere a la virtud de la fe. Es facilidad para aceptar todo lo que hay que creer, firmeza para afianzarnos en ello, seguridad de la verdad que creemos sin sentir repugnancias ni dudas, ni esas oscuridades y terquedades que sentimos naturalmente respecto a las materias de la fe. Es creer con gusto y alegría. Y ser coherentes con esa fe.

65 El segundo sentido de fidelidad es la capacidad de no engañar, no traicionar a los demás. Es un valor moral que faculta al ser humano para cumplir con los pactos y compromisos adquiridos. La fidelidad es entonces el cumplimiento de la palabra dada. Y cumplirla con alegría. “Dios es fiel a la alianza”.

66 La modestia regula los movimientos del cuerpo, los gestos y las palabras. Como fruto del Espíritu Santo, todo esto lo hace sin trabajo y como naturalmente, y además dispone todos los movimientos interiores del alma, como en la presencia de Dios.

67  La virtud de la templanza refrena la desordenada afición de comer y de beber, impidiendo los excesos que pudieran cometerse. La castidad  regula el uso de los placeres sexuales según un orden justo.. Serán frutos de templanza y castidad, cuando actuemos con pleno dominio del cuerpo, en el comer y beber, en el trabajo y vestido, en los deseos sexuales. De modo que ya casi desaparecen las tentaciones y los sentidos permanecen en paz.

68 Los CARISMAS propiamente los da Dios Trinidad, pero se atribuyen al Espíritu Santo. Son gracias que el Espíritu Santo da a algunas personas para el bien de la comunidad. Estas gracias se dan para edificar la Iglesia”, a diferencia de las gracias dadas para santificar al individuo.  Son gracias sobrenaturales mas allá del esfuerzo humano y de la naturaleza humana, aunque algunos pueden fundamentarse en los talentos naturales del receptor (Ej. la enseñanza).

69 San Pablo nos habla varias veces de estas “manifestaciones del Espíritu”. Particularmente en I Cor 12, 6-11; I Cor 12, 28-31;y Rom 12, 6-8.  De ahí sacamos que los carismas se pueden distribuir en varios grupos: 1. Carismas de la mente o de la enseñanza: Sabiduría, Ciencia, Discernimiento de Espíritus. 2. Carismas de acción: Milagros, Sanaciones, Fe (de la que mueve montañas, Mt 17,20). Apoyan la enseñanza. 3. Carismas de la lengua: Profecía, Lenguas, Interpretación de lenguas. 4. Carismas de gobierno (administración de asuntos temporales): Gobernaciones y Presidencia. 5. Carismas de ayuda: Misericordia y Distribuciones. 

70 Como los carismas son para el bien de la comunidad, no es requisito la santidad del individuo. Ni son requisitos para la salvación personal como lo es la gracia santificante.  No es mas santo el que tenga mayores carismas. Pero sí es verdad que los santos se caracterizan por el buen uso de los carismas porque los ponen al servicio de la Iglesia motivados por el amor. Ni tampoco se otorgan a todos los cristianos ni son los mismos o de la misma manera en las diferentes regiones y épocas.

71 En la Era Apostólica, eran más comunes, especialmente en las comunidades de Jerusalén, Roma y Corinto. La razón de esto viene a ser que durante la infancia de las Iglesias, los carismas eran muy útiles e incluso moralmente necesarios para fortalecer la fe de los creyentes, para confundir a los infieles, para hacerlos reflexionar y contrarrestar los falsos milagros que a veces confundían.

72 Son dones transitoriosSon dones transitorios. El Espíritu Santo los da y los quita según su beneplácito Son pasajeros respecto a las virtudes teologales que son permanentes y sobre todo, con relación a la caridad que no disminuye; poseen, sin embargo, una cierta estabilidad que hace que el hombre dotado habitualmente del carisma profético sea llamado profeta. 

73 San Pablo demuestra que desde muy temprano en la Iglesia, estos carismas son susceptibles a la exageración. En la 1ª carta a los Corintios advierte sobre el peligro del mal uso de los carismas: Cuando los carismas pretenden remplazar el esfuerzo y la responsabilidad de la vida cotidiana. Cuando la atención se centra en los carismas haciendo de ellos un espectáculo, creando desorden y distrayendo de la disponibilidad al sacrificio. 

74 Por eso es necesario cuidar el uso de los carismas tanto para desarrollarlos como para encaminarlos en forma equilibrada hacia el propósito querido por Dios, quizá haciendo aflorar nuevas modalidades de carismas. El discernimiento de la acción del Espíritu Santo es una necesidad constante dentro de la Iglesia. La autenticidad de los carismas debe ser discernido. Es decir, los encargados de la Iglesia deben juzgar la autenticidad y el uso propio de estos dones.

75 Decir que en la Iglesia no son necesarios dones especiales es una forma de poner al hombre como un falso protagonista de la edificación de la Iglesia, usurpando el lugar de Dios y relegándolo a un cielo que estaría distanciado de la tierra. Es bueno pedirlos si lo hacemos por amor a la Iglesia, para servirla (1 Cor 14, 27).

76 En todos los siglos han nacido movimientos en la IglesiaEn todos los siglos han nacido movimientos en la Iglesia. Lo de san Benito, inicialmente, era un Movimiento. Y prácticamente también lo de los cistercienses con san Bernardo. Se insertan en la vida de la Iglesia con sufrimiento, con dificultad. San Benito debió corregir la dirección inicial del monaquismo.

77 A veces estos movimientos en la Iglesia, por ser novedosos, resultan incómodos. Decía Benedicto XVI:“San Francisco fue muy incómodo, y para el Papa era muy difícil dar, finalmente, una forma canónica a una realidad que era mucho más grande que los reglamentos jurídicos. Para san Francisco era un grandísimo sacrificio dejarse encastrar en este esqueleto jurídico, pero, al final, nació una realidad que vive aún hoy y que vivirá en el futuro: da fuerza y nuevos elementos a la vida de la Iglesia”. 

78 Después del Concilio Vaticano II, se ha suscitado un desarrollo de la doctrina sobre el Espíritu Santo. Al mismo tiempo el Espíritu Santo se ha manifestado extraordinariamente entre el pueblo de Dios. Han aparecido varios movimientos eclesiales con nuevos carismas.  El Espíritu Santo se da así a conocer como la verdadera vida de la Iglesia. La Renovación Carismática en el Espíritu Santo ha motivado un "redescubrimiento" de carismas como la curación, la profecía, el don de la alabanza en lenguas y muchos otros.

79 «Uno de los dones del Espíritu a nuestro tiempo, decía Juan Pablo II,es el florecimiento de los movimientos eclesiales, que desde el inicio de mi Pontificado he señalado y sigo señalando como motivo de esperanza para la Iglesia y para los hombres”. “Son un signo de la libertad de formas en que se realiza la única Iglesia, y representan una segura novedad, que todavía ha de ser adecuadamente comprendida en toda su positiva eficacia para el Reino de Dios en orden a su actuación en el hoy de la historia”.

80 Decía san Pablo: "Hay diferentes dones espirituales, pero el Espíritu es el mismo; hay diversos ministerios, pero el Señor es el mismo; hay diversidad de obras, pero es Dios quien obra en todos" (1Co 12,4-5). Pidamos al Señor, Espíritu Santo, que nos ilumine y fortalezca en nuestra fe con sus dones y gracias.

81 Ilumíname, Señor, con tu Espíritu;Automático

82 Transfórmame, Señor, con tu Espíritu.

83 Ilumíname, Señor, con tu Espíritu;

84 Ilumíname y transfórmame Señor.

85 Y déjame sentir el fuego de tu amor aquí en mi corazón, Señor.

86 Y déjame sentir el fuego de tu amor aquí en mi corazón, Señor.

87 Fortaléceme, Señor, con tu Espíritu;

88 Consuélame Señor, con tu Espíritu.

89 Fortaléceme Señor, con tu Espíritu;

90 Fortaléceme y consuélame, Señor.

91 Y déjame sentir el fuego de tu amor aquí en mi corazón, Señor.

92 Que la Virgen María interceda por nuestra Iglesia actual, como protegía a los apóstoles.AMÉN