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2 Cuenta la leyenda que existió hace muchos años una tribu de indios americanos llamados “Pies Negros”, los cuales vivían en unas praderas enormes donde abundaban los bisontes. Este animal era el sustento de todas sus necesidades: con su carne seca y triturada hacían una pasta que podían guardar mucho tiempo; con su piel fabricaban mantas, mocasines, prendas de abrigo y tiendas de campaña; con los huesos hacían instrumentos de caza, de música y para cortar; con el pelo hacían cuerdas; los cuernos los transformaban en vasos y cucharas...
3 Pero llegó una época en la que los bisontes comenzaron a desaparecer de las praderas y las gentes de la tribu comenzaron a pasar hambre. El tiempo fue pasando y los cazadores recorrían cada día las praderas sin encontrar ningún bisonte. Por ello, el Jefe de la tribu, decidió ir a consultar a Chareko, que era el hombre más sabio de la tribu. Al llegar le dijo: —Pronto vendrá el frío, llegará el invierno, y mis gentes no tendrán nada que comer, ni pieles para protegerse del frío. No podemos sobrevivir sin cazar bisontes. Moriremos todos.
4 Después de escuchar atentamente al Jefe, el anciano Chareko le contestó: —Existe un valle a lo lejos, más allá de las “Colinas del Viento”, donde vive un Chamán, un Hechicero, llamado Kinawakan. Él ha sido el que os ha robado vuestros bisontes, estoy seguro de ello. Pero no te preocupes, yo mismo lo buscaré, averiguaré qué ha hecho con los bisontes, y le diré que los deje libres, porque nuestro pueblo los necesita. Partiré mañana al amanecer, aunque necesito que alguien de la tribu me acompañe.
5 El hijo mayor del jefe de la tribu, que se llamaba Espíritu Solitario, se acercó al anciano y le dijo: —Quisiera ir contigo, gran sabio. Cuando llegó el día en que me hice mayor, subí a las montañas y estuve allí durante una semana meditando, en completo ayuno, sin comer ni beber nada. Entonces, los espíritus vinieron a mí y me dieron varios poderes especiales que me ayudarían en situaciones de peligro. Creo que para esta aventura que ahora vamos a emprender nos serán muy útiles.
6 Chareko le contestó: —Ciertamente posees unos fantásticos poderes. Yo también puedo transformarme en diferentes cosas, pero es muy arriesgado que sólo vaya una persona. Así que creo que tus poderes también nos servirán. ¡Acompáñame, por favor! El anciano se quedó muy sorprendido y le preguntó cuáles eran esos poderes. El chico le dijo que él podría convertirse cuando quisiera en un pájaro, en un perro o en un saltamontes, o en cualquier otra cosa que en ese momento necesitara.
7 Al llegar al otro lado vieron un enorme valle cubierto por enormes árboles con un pequeño río, y en una de sus orillas divisaron un “tipi” (que es una tienda de piel de forma cónica donde habitaban los indios de Norteamérica), al lado de una encina. Allí vivía el Hechicero Kinawakan. Al mediodía salieron del campamento de los “Pies Negros” y durante muchos días viajaron por inmensas praderas en busca de los bisontes. Cuando se iban acercando a las Colinas del Viento, que era donde vivía el Gran Hechicero, Chareko se convirtió en un mosquito enorme y Espíritu Solitario se transformó en un pájaro, y los dos volaron por las colinas.
8 Como no sabían a qué se iban a enfrentar, antes de acercarse decidieron que era mejor adoptar otra forma para no ser descubiertos y así poder estudiar mejor la situación desde la distancia. Por ello Chareko pensó en convertirse en árbol y ponerse justo en la orilla de enfrente y Espíritu Solitario en un saltamontes, para así no llamar la atención del Hechicero. Durante varios días vigilaron el campamento del Hechicero con la esperanza de encontrar alguna pista que les condujera al lugar donde estaban los bisontes.
9 En vista de que no conseguían descubrir nada, trazaron un plan: Chareko se convertiría en una vara de madera y Espíritu Solitario en un cachorro de perro, con el afán de poder estar más cerca de donde vivía el Hechicero. Sigilosamente se acercaron hacia la tienda, se colocaron cerca de la encina y el perro empezó a ladrar mirando fijamente a la vara de madera. En ese tiempo, oyeron voces, pero no encontraron ni pieles, ni carne, ni ninguna señal de que allí hubiera bisontes. Lo que sí observaron es que Kimawakan vivía en su “tipi” con su mujer y con su pequeña hija.
10 — ¡Madre, madre, mira lo que me he encontrado junto a los árboles! Esta miró la vara fijamente y le pareció que le sería de gran utilidad, así que la entraron a el tipi. Al oír los ladridos, la niña salió de la tienda, se acercó y cogió despacio al cachorro entre sus brazos acariciándole con cariño; también cogió la vara de madera porque pensó que a su madre le podría servir para sacar raíces de la tierra. La niña llegó a la encina gritando:
11 Cuando el Hechicero Kinawakan llegó y vio el cachorro, no le gustó porque pensaba que sería una molestia, que tendrían que estar muy pendientes de él. La niña, que estaba entusiasmada con el cachorro, le suplicó que la dejara quedárselo, que ella se encargaría de sacarlo a pasear y a hacer sus necesidades, y el hechicero accedió. Al día siguiente, muy temprano, el Hechicero salió a cazar. Después la mujer cogió su nueva vara y salió a buscar raíces, seguida por su hija y el cachorro que iba saltando alrededor de la niña.
12 Recogieron muchas raíces, bayas y frutos del bosque para abastecerse durante la semana y, antes de regresar a casa, la mujer se sentó bajo la sombra de un árbol a descansar, y se quedó dormida al poco rato debido al esfuerzo realizado. Mientras tanto la niña seguía jugando muy contenta con el cachorro. Hablaba con él como si fuera otro niño, como si realmente la entendiera. Y claro, como el cachorro sí sabía lo que le decía, movía el rabo y la miraba todo el rato para continuar el engaño.
13 El cachorro la miró fijamente y levantó las orejas como si la entendiera y empezó a hacer gestos de alegría. La niña entonces le dijo: —¿Te gustaría que te enseñara ese sitio? De repente, la niña se quedó pensativa y, mirando hacia los lados y bajando la voz, se acercó al perro y le dijo al oído: —¿Quieres que te diga mi secreto? Yo sé dónde hay un sitio cerca de aquí en el que hay unos animales muy grandes, mucho más que tú y yo.
14 El cachorro comenzó a dar saltos alrededor de la niña, movía el rabo y se mostraba muy contento. Cogió la vara de madera entre los dientes y se dispuso a seguir a la niña. Caminaron un poco y llegaron a una gran roca que estaba como tapada por un arbusto enorme. La niña apartó algunas ramas con cuidado y apareció un pequeño agujero en la roca. —¡Asómate por aquí y mira lo que hay ahí! — le dijo la niña al perro.
15 A pesar de que la niña tenía agarrado al perro, éste se soltó muy rápidamente y saltó con la vara dentro de la caverna. La niña se asustó mucho cuando lo vio correr y comenzó a gritar: — ¡Ven perrito, vuelve, te van a pisar! Se asomó por el hueco y vio dentro una caverna (una especie de cueva); en ella estaban sus tan deseados bisontes. ¡Por fin los había encontrado y podrían volver a su tribu!
16 La niña corrió a avisar a su madre, contándole que el perro había cogido la vara entre sus dientes y se había escapado. No se atrevió a contarle la verdad, por temor a que la mamá le riñera por haberlos llevado a ese lugar secreto. La madre se enfadó mucho, porque se había encariñado con el perrito y le había servido de mucha ayuda la vara. Así que volvieron a casa. Pero Chareko y Espíritu Solitario corrían muy rápido y no la escuchaban, sólo estaban pendientes de los bisontes y de llegar junto a ellos.
17 El ruido que hacía la manada de bisontes y el polvo que levantaban hizo que Kinawakan se acercara a ver lo que pasaba. Al llegar cerca de la roca y oír los gritos de un hombre y los ladridos de un perro, se dio cuenta de que la estampida de los bisontes había sido provocada por alguien. Mientras tanto, en el interior de la caverna, Chareko se había transformado de nuevo en hombre y Espíritu Solitario en un perro muy grande. Así, entre los dos, poco a poco, fueron reuniendo a todos los bisontes; con fuertes gritos y ladridos, consiguieron hacer que salieran por el agujero de la roca.
18 Sacó del cinturón un cuchillo largo y se dispuso a esperar que el hombre y el perro salieran. Pero Chareko y Espíritu Solitario estaban dispuestos a escapar; para lo cual se convirtieron de nuevo en una vara y en un cachorro. Salieron escondidos entre el pelaje del último bisonte que salió de la cueva. Un poco asustado, se pegó a la roca para evitar ser pisoteado por los bisontes y entonces murmuró entre dientes: —Es posible que haya perdido el poder que tenía sobre los bisontes pero cogeré a los responsables. Esto me lo van a pagar.
19 Chareko y Espíritu Solitario guiaron a los bisontes a través del valle, subieron las colinas y llegaron a las praderas donde estaba la tribu de los “Pies Negros”, quedándose tranquilamente pastando en esos lugares. Fueron recibidos como auténticos héroes por todo su pueblo y fueron abrazados y besados por todos. El Jefe de la tribu los recibió y le dijo a su hijo: Cuando Kinawakan se dio cuenta de que no había nadie dentro de la cueva, se puso muy furioso y juró vengarse.
20 A la mañana siguiente, un grupo de cazadores salió a cazar bisontes. Cuando tenían acorralados en la pradera a unos pocos, apareció en el cielo un enorme pájaro, parecido a un cuervo, asustando con sus graznidos a los bisontes, que comenzaron a dispersarse en todas direcciones. – Hijo, estoy muy orgulloso de ti. Algún día, no muy lejano, serás un gran Jefe Pies Negros. Por la noche se celebró una gran fiesta para dar las gracias a los dos hombres. Y en ella se volvió a comer un delicioso asado de bisonte.
21 Chareko comprendió enseguida que ese pájaro enorme no podía ser otro que el hechicero Kinawakan, porque no había ningún motivo para que un pájaro se pusiera a atacar de esa forma a animales mucho más grandes que él. Entonces ideó un plan: se convirtió en liebre y se tumbó en la hierba como si estuviese muerta. El pájaro se acercó a ella dispuesto a comérsela; pero rápido y veloz Chareko se transformó en hombre y agarró fuertemente las patas del pájaro atándolas con una cuerda. Llevó el pájaro al campamento y lo ató a un poste cerca del fuego central del campamento.
22 Durante todo el día Kinawakan, atado, estuvo intentando soltarse del poste, haciendo muchos movimientos con el cuerpo, gritando sin cesar y con las plumas cada vez más negras por el humo de las hogueras. Por la noche Chareko se acercó al hechicero y le dijo: —¿Ves adónde te ha llevado tu maldad? El hechicero le rogó que le soltara y le prometió que jamás volvería a robar más bisontes. Sólo deseaba volver con su mujer y su hija.
23 Chareko lo desató del poste y el pájaro agitó fuertemente sus alas, desapareciendo raudo en la oscuridad de la noche, dejando un gran reguero de plumas negras, tiznadas por el humo de las hogueras. Desde entonces las plumas de los cuervos han sido siempre negras Y Kinawakan cumplió la palabra que le dio a Chareko y en el campamento de los “Pies Negros” nunca más los bisontes volvieron a desaparecer.
24 FIN.