1 DIOSES Y HÉROES DE HUAROCHIRÍ Rodolfo Cerrón-Palomino PUCP/UNMSM “Por el mismo hecho de relatar el mito las gestas de los seres sobrenaturales y la manifestación de sus poderes sagrados, se convierte en el modelo ejemplar de todas las actividades humanas significativas”. Eliade (1999: I, 14)
2 1. Lenguas y dialectos. Realidad lingüística de la antigua provincia de Yauyu a fines del siglo XVI y comienzos del siguiente: mosaico idiomático en el que confluían no solo las variedades locales del aimara y del quechua sino también las hablas de los mitmas de distinta procedencia, con seguridad vigentes aún a lo largo del siglo XVII; por encima de ellas, a manera de superestrato, la “lengua general”, esta vez de base sureña, propugnada por el Tercer Concilio Limense ( ), la misma que tenía la virtud de correr escrita en manos de los letrados de la época, criollos, mestizos e indígenas (cf. Taylor 1985, Cerrón-Palomino 2013b: II-10).
3 el manuscrito de Huarochirí refleja dicha realidad, que a menudo emerge por debajo del quechua general empleado en su redacción. dentro del conglomerado idiomático, si bien es tarea relativamente fácil identificar la impronta aimara y quechua, y no solo léxica, en sus registros centrales respectivos, en cambio resulta difícil, cuando no imposible, averiguar el aporte lingüístico estrictamente local o mitmaico.
4 2. Cuestiones etimológicas.El mosaico idiomático que subyace al manuscrito quechua de Huarochirí presenta los típicos problemas de interpretación formal y semántica de un documento “en un contexto distinto al de su autor y al de su auditorio inicial” (cf. Ricoeur 1986). Una de las dificultades más persistentes con las que se tropieza a lo largo del texto es la fijación de los nombres propios, ya sean étnicos o personales, o de lugar (topónimos), y ello porque precisamente esta dimensión léxica acusa una fuerte procedencia ajena al quechua.
5 Metodológicamente, la traducción de una obra como la del manuscrito constituye un verdadero desafío cuya respuesta requiere el conocimiento no solo del quechua sino también del aimara, y no únicamente de las variedades sureñas de estas lenguas, sino también de sus congéneres centrales; y todo ello, además, no solo en su dimensión sincrónica sino, sobre todo, en su vertiente diacrónica. Evaluadas las traducciones de la obra a la luz de los requerimientos esbozados, y para referirnos solamente a las vertidas en castellano e inglés, el orden en que podemos colocarlas, yendo de la menos lograda a la más satisfactoria, es la del novelista (Arguedas 1966), seguida de la de los antropólogos (Salomon y Urioste 1991), para culminar con la del lingüista y filólogo (Taylor 1987, 1999).
6 Tratándose de una obra con impronta idiomática diversa, no debe sorprender que aún las traducciones más logradas del manuscrito adolezcan de no pocas fallas interpretativas, cuando no de vacíos informativos, no obstante haber sido revisadas una y otra vez, como en el caso de las versiones de Taylor. Ello es notorio, por ejemplo, en la filiación lingüística, y, consecuentemente, en la dilucidación etimológica, de los nombres de las divinidades y de los héroes civilizadores que pueblan el universo mítico del manuscrito. Dada la complejidad de la materia, los estudiosos del texto, salvo contadas excepciones, discuten la etimología de tales nombres, quedando así como elementos enigmáticos e intraducibles, desprovistos del menor aparato crítico. En la presente discusión solo emplearemos la versión de Taylor (1987) y no la de Taylor (1999), debido a que para nuestros fines no hay mayor diferencia entre la primera y la segunda; pero, además, sin desconocer los desvelos constantes del autor por ofrecernos una versión cada vez más cuidadosa, nos parece que la segunda incorpora algunos cambios discutibles, probando una vez más, como lo aconsejaba Arguedas, que una traducción como la del texto del manuscrito requiere la participación de un equipo.
7 3. Clave metodológica para explicar algunos de los nombres.Nos referimos, básicamente, a las reglas de paragoge y de síncopa, invocadas acertadamente por Taylor (aunque las llame “deformaciones”), y que aplican en ese orden. Por ejemplo, la etimología del nombre de la laguna de
8 3. Dioses y héroes. Motivados por los silencios y las cautelas mencionadas, en las siguientes secciones intentaremos abordar el tema espinoso de la etimología de algunos de los nombres de dioses y héroes del manuscrito. Hemos elegido, a manera de ensayo, el examen de seis antropónimos cuya etimología propondremos a manera de hipótesis. Los nombres seleccionados son:
9 Tales nombres, dejando de lado el de
10 3.1.
11 Descartada toda interpretación a partir del quechua, el topónimo se deja analizar formalmente como *waĉu-chi-ri, un derivado constituido por la raíz aimaraica *waĉu ‘andén’, seguida del sufijo factivo –cha (compartido por el quechua), y clausurado por el derivador agentivo –ri. Sin embargo, la sola concatenación de tales elementos no explica el cambio de la vocal del sufijo factivo –cha en –chi (es decir, hay que dar cuenta de por qué se tiene waru-chi-ri y no *waru-cha-ri). La razón de ello es que el agentivo –ri, por regla general de las lenguas aimaraicas, tiene la virtud de asimilar el timbre de la vocal de todo elemento precedente, igualándolo al de la suya, a menos que aquella sea una /u/, en cuyo caso se suspende la armonización vocálica referida (cf. Cerrón-Palomino 2000: cap. IV, § ).
12 Por lo que respecta al significado de
13 La tradición oral prehispánica de la sierra central nos ha transmitido la existencia de la divinidad andina cuyos atributos sobrenaturales eran similares a los preconizados tanto por
14 3.2.
15 Descartada la propuesta (indirectamente asumida por Salomon-Urioste) de segmentar el nombre como
16 La pérdida de la marca agentiva, que puede verse también en
17 3.3.
18 ¿En qué medida es correcta la segmentación del primer componente del nombre?Notemos, en primer lugar, que la forma
19 En segundo término, sin embargo, los dialectos del aimara central de la época registraban, sin duda alguna, una voz que obviamente está relacionada con el segundo componente del nombre en estudio: así, el aimara tupino consigna todavía aywanqu “avalancha o caudal de lodo, agua y piedras” (cf. Belleza 1995: 42); pero también lo hacen algunos dialectos quechuas, con la misma significación, como el lucaneño (según Marco Ferrell, en comunicación personal, 29-III-2015) y el huanca, variedad en la que encontramos aywanku, evidentemente una voz prestada, en vista de la pronunciación de la sílaba final. No hay duda entonces de que estos registros testimonian la existencia, en la región y en tiempos prehispánicos, de dos términos para un mismo fenómeno:
20 A la luz de los datos presentados, el corte efectuado entre
21 Queda ahora por encarar el remanente <-pa> del segundo componente, que no puede ser raíz léxica en ninguna de las dos lenguas. Como sufijo, en cambio, cabrían dos posibilidades: por un lado, el genitivo quechua –pa; y, por el otro, la marca referencial de tercera persona –pa del aimara. Descartada esta última por razones de plausibilidad semántica, quedaría como hipótesis viable la marca genitiva quechua. De hecho, Arguedas propone intuitivamente
22 Creemos que la supresión que el novelista hace de <-pa> al fijar el nombre del mencionado personaje podría interpretarse como resultado de un análisis implícito de dicho elemento en favor de la marca del genitivo quechua. Para entenderlo, recordemos que dicha marca se muestra en el texto bajo sus dos variantes conocidas en la mayoría de los dialectos quechuas: como –p (después de una base acabada en vocal) y como –pa (tras consonante). Sin embargo, en el texto huarochirano vemos que, aparentemente, el segundo alomorfo ocurre también tras vocal, en lugar de la forma abreviada –p. Decimos que ello no pasaría de ser aparente, desde el momento en que estaríamos ante <-p(a)> es decir ante el resultado de la conocida regla paragógica del aimara aplicada sobre una base acabada en consonante. De manera que no debiera extrañar que una expresión hipotética como *
23 3.4.
24 Sin embargo, dejando de lado el segundo componente del compuesto (se trata de una voz compartida por el quechua y el aimara), cabe otra hipótesis sobre el primer componente. Según ella, dicho componente, que funge de modificador del núcleo
25 De modo que el compuestoDe modo que el compuesto *pari-ya-q qaqa, que vendría a ser la forma primigenia del topónimo, significaría ‘el peñón ígneo’. La evolución respectiva en la forma en que se la registra satisface las condiciones mínimas de naturalidad tanto dentro del quechua (con la simplificación de las dos /q/ encontradas) como las de su adaptabilidad posterior al castellano: [paryakaka]. Analizado de esta manera, el nombre adquiere un valor semántico más acorde con las virtudes y potencialidades de la divinidad alegóricamente involucrada: se trata de alguien animado, y no simplemente una roca, que arroja fuego abrasador, es decir justamente las propiedades sobrenaturales emanadas del dios
26 3.5.
27 Con respecto al nombre compuesto de esta divinidad antropófaga, que en el manuscrito aparece registrado como
28 Por nuestra parte señalamos que el núcleo del compuesto estaría formado por la raíz aimara
29 3.6.
30 Etimología: todo conduce a pensar que estamos ante una palabra aimara con radical de origen quechua.En efecto, postulamos como base de ella el tema quechua formado por la raíz *tuta ‘noche’, seguida del verbalizador durativo –yka, para significar ‘anochecer’; es esta forma derivada la que recibe el sufijo agentivo aimara –ri, con el consiguiente efecto armónico sobre la vocal del sufijo precedente, para dar*tuta-yki-ri ‘el que anochece’. Al igual que este, hay otros nombres que tienen la misma gramática mixta en el texto, como por ejemplo
31 En cuanto a significación, el de