El camino de la libertad (Gal 5, 13). Hace ya muchos años, en el siglo de oro de la literatura española, don Pedro Calderón de la Barca escribía una obra.

1 El camino de la libertad (Gal 5, 13) ...
Author: Josefa Fuentes Sevilla
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1 El camino de la libertad (Gal 5, 13)

2 Hace ya muchos años, en el siglo de oro de la literatura española, don Pedro Calderón de la Barca escribía una obra de teatro cuyo título manifiesta una gran verdad: La vida es sue- ño, no porque sea irreal, sería alienante vi- virla así, ella misma se encargaría de enseñar- nos la lección. Pero por otra parte, tampoco podemos dejar de lado los sueños, ya que éstos se convierten en un horizonte, en una fuerza que nos impulsa hacia la felicidad, hacia la plenitud, hacia la utopía. Desgraciadamente, el derecho a soñar no está contemplado entre los 38 derechos humanos proclamados por la Convención de Ginebra.

3 En el ejercicio de la libertad, lo prime- ro que debemos hacer es BUSCAR. Es preciso saber qué queremos en la vida, qué es lo que le da sentido, qué camino puede conducirnos ha- cia la feliz realización de nuestros sueños, o utilizando palabras más evangélicas, ¿cuál es esa perla fina que nos conduce a un destino cierto de amor, de justicia y de paz?

4 La vida es generosa y nos propone una serie, si se quiere limitada, de pequeños o grandes caminos a re- correr. Todos son posibles, la cuestión es saber a dónde queremos llegar y qué consecuencias tendrán en el futuro. Yo creo que esto es lo que está detrás de aquel grito de Francisco en la Por- ciúncula : “esto es lo que yo quiero. Es- to es lo que yo busco, esto es lo que en lo más íntimo de mi corazón anhelo poner en práctica” (1Cel 22).

5 Quizás la verdadera pregunta no sea la famosa frase de Shakespeare “ser o no ser”; sino ¿qué queremos ser y hacia dónde queremos caminar en el gran camino de la vida? El hecho de que no hemos sido crea- dos terminados, sino de pasar por ese proceso de búsqueda, educación y madu- ración, de ir creciendo en estatura, sabi- duría y gracia, nos da la posibilidad de llegar a ser y hacer algo diferente, de ser protagonistas de nuestra propia vida y de decidir lo que queremos hacer de ella.

6 Desgraciadamente, con el paso de los años, los conceptos van perdiendo su contenido y su fuerza. Así, muchas veces, la libertad es con- fundida con el libertinaje o con que nada ni nadie nos limite. El concepto de libertad es mucho más profundo, ya que reclama nuestro esfuerzo; se trata de hacernos personas, de tomar las riendas de nuestra vida y decidir qué queremos hacer de ella y hacia dónde queremos caminar.

7 Ser libres implica, también, liberarnos de nosotros mismos, salir de nuestro nar- cisismo para poder pronunciar el Tú de Dios y del otro, para dejar la esclavitud y transformarnos en hijos, es una invitación a ser hombres nuevos. Zundel escribe: “Si debo liberarme de mí mismo, si estoy invitado a hacer desapa- recer de mí todas las prefabricaciones o, por lo menos, a superarlas y a convertirlas en libertad creadora, es porque soy teoforo ”.

8 En el fondo, la libertad se convierte en una especie de vacío matricial que permite que haya en nuestro corazón un espacio suficien- temente amplio para que Dios pueda habitar en él y para que le llene de su vida y su amor. El seno materno es un espacio en el cuerpo femenino destinado no a permanecer vacío, sino a permitir que la vida surja, crezca y madure, hasta que llegue el momento de dar a luz el fruto de las entrañas. Desde esta perspectiva, la libertad propicia ese espacio en nuestro corazón donde pueden surgir y madurar la vida y el amor.

9 Por otra parte, no podemos quedarnos en el gozo intimista de esa presencia, esa vida y ese amor requieren que los demos a luz, de otra forma, se convierte en obstáculo y finalmente en muerte. Francisco, en la Carta a todos los fieles nos invita a dar a luz una realidad di- ferente : “Somos […] madres, cuando lo llevamos en el corazón y en nuestro cuerpo por el amor divino y por una con- ciencia pura y sincera, y lo damos a luz por las obras santas, que deben ser luz para el ejemplo de otros” (1CtaFid 8-10).

10 Es necesario nacer de nuevo del agua y del Espíritu, como creaturas nuevas, es decir, como personas, amables, libres y responsables. Cuando alguien es auténtico, entonces es libre. Así, la conciencia se convierte en la última instancia de nuestras decisiones (cf. GS 16). Hacia allí es a donde Francisco conduce la libertad de fray León : “compór- tate, con la bendición de Dios y mi obedien- cia, como mejor te parezca que agradas al Señor Dios y sigues sus huellas y pobreza” (CtaL 3). Aquí ya no hay ningún tipo de obliga- ción, ya no hay mandamientos ni para la inteligencia ni para la voluntad.

11 Es tan grande el don de la libertad que incluso Dios se limita para respetar- nos. Este es el drama de la condena- ción eterna, si nuestro corazón se cierra al amor, Dios queda exiliado de él, fuera de nuestra vida. Por eso el amor nos hace libres y rompe todos los límites, incluso el de la muerte, ya que vivimos, morimos y resucitamos acompañados de un amor que fue capaz de dar la vida porque nos ama. “Bienvenida Hermana muerte”.

12 Quizás esta sea la belleza de la vida: aún no se ha dicho la última palabra, ni sobre nuestra vida, ni sobre nuestros actos. Es cierto que ni la hoja de un árbol se mueve si no es conforme a la voluntad de Dios, pero también es cierto que la última palabra en la vida y en la muerte nos corresponde pronunciarla a cada uno. Es lo que san Agustín expresará en su famoso sermón: “Dios, que te ha creado sin ti, no te salvará sin ti”. Me niego a creer que tenemos un des- tino ya trazado por Dios, como si sólo fuéramos el escriba que copia el texto que Dios nos va dictando. La misma idea me parece perversa.

13 Creo, como Gesché, que “ el hombre no ha sido simplemente creado (como también han sido creadas las piedras y los insectos), sino que hemos sido creados creadores ”. Con la vocación de transformar nuestra vida y entorno. Es nuestro sacerdocio. Hablar así del ser humano significa que la libertad nos ha sido dada para construir en la vida algo nuevo, algo distinto de lo que Dios creó al inicio de la historia, es la afirmación de una realidad diferente y autónoma (Bara).

14 Ahora bien, si debemos buscar es porque la libertad no es un don adquirido de manera defi- nitiva. Si bien es gratuidad y no conquista, es algo que se en- cuentra inscrito en nuestro ser, pero en forma de promesa. La gran responsabilidad de nuestra vida consiste en elegir qué queremos ser, qué queremos hacer de nuestra vida.

15 El gran error no sería tanto equivo- carnos al momento de decidir, queda claro que todos nos equivocamos en algún momento de la vida. Más bien, el gran error sería no llegar a deci- dirnos. Martín Buber dice que “si hubiese un diablo no sería el que se hubiese decidido contra Dios, sino el que en la eternidad no se ha decidido por él ”.

16 En una frase bellísima, Berulio dice que el ser humano “es un ángel, es un animal, es una nada, es un milagro, es un Dios, es una nada envuelta de Dios, necesitada de Dios, capaz de Dios y llena de Dios, si quiere”. Siempre queda, al final, esa libertad de los hijos de Dios: si quiere. Este es el segundo momento importante en el seguimiento de Cristo: OPTAR.

17 No basta con saber qué queremos en la vida, es necesario que en la gran ga- ma de posibilidades que ésta nos ofrece optemos por algo específico, que demos el paso y hagamos realidad lo que de momento es sólo proyecto. Desde esta perspectiva, la libertad de los hijos de Dios consistiría en dar poder de realización a nuestras opciones fundamentales.

18 Ahora bien, es importante darnos cuen- ta que la libertad tiene un alto precio ; supone elegir entre dos bienes, quizás igualmente deseables. Ser libres no es fácil, no se trata sólo de decidir qué voy a hacer hoy o cómo voy a vestir ma- ñana. La libertad tiene implicaciones que trascienden el hoy y se proyectan al mañana, de tal modo que una decisión tiene el poder de construir o destruir nuestro futuro.

19 Cuando nuestros primeros padres fue- ron tentados, se enfrentaron a una op- ción entre dos lógicas que se contra- ponen. Encontramos, por una parte, la lógica de Dios, que tiene su fuente en la idea de don : el ser humano puede gozar de la vida y de todo lo que es necesario para que se logre. Pero ese don tiene un límite que es sano y necesario para que el otro pueda ser, para que tenga tam- bién lo suficiente, para que no lo aca- paremos todo, pues es entonces que el ser humano morirá (Gen 3, 2-3).

20 En contraposición tenemos la lógica de la serpiente que se alimenta de la carencia. La serpiente preguntó a la mujer: “¿cómo es que Dios os ha dicho no comáis de ninguno de los árboles del jardín?” (Gen 3,1). Lo dramático es que por estar al pendiente de las bendiciones que gozan los demás y de las carencias que cada uno experimentamos, es fácil perder de vista tantas bendiciones que nosotros recibi- mos y que las damos por un hecho de la vida. Estamos ante la tragedia de la envidia.

21 La malignidad del mal es que suscita en nosotros la idea del otro como rival, ya que es aquel que tiene lo que quizás yo quisiera. Como vemos, desde los orígenes, los seres humanos hemos tenido la res- ponsabilidad de optar. Si podemos afirmar que, como nosotros, nuestros primeros padres fueron tentados es porque de ellos, como de nosotros, dependía la decisión de respetar el límite que nos imponen Dios y la vida.

22 Curiosamente, para el alma francis- cana ese límite se convierte en don y le conduce a la gratuidad, al encuen- tro con los leprosos. Además de haber vivido entre ellos, en la Regla de 1221, Francisco dice que los hermanos -y aquí incluimos a todos los miembros de la familia franciscana- “ de- ben gozarse cuando conviven con gente de baja condición y desprecia- da, con los pobres y débiles, y con los enfermos y leprosos, y mendigos de los caminos” (RegNb IX, 2).

23 Es así como la familia francis- cana decide (y aquí se ejerce plenamente el don de la libertad) recorrer el gran camino de la vida: cuidando del otro, vivien- do para el otro, al servicio del otro, siguiendo el mandato del Señor: “os he dado ejemplo, para que también vosotros hagáis como yo he hecho con vosotros (Jn 13, 15).

24 Desde esta perspectiva, el seguimiento de Cristo queda muy lejos de aquello que dice Eugène Drewermann, en su libro titulado Clérigos. Los miembros de la familia franciscana no somos simples funcionarios de un Dios patrón ; nuestra libertad no muere, como decía Merleau-Ponty, al contacto con Dios. Al contrario, la decisión de seguir las huellas de Cristo implica el más radi- cal ejercicio de la libertad.

25 Lo que aquí se juega es toda una concepción de Dios y, por tanto, de los hombres. Quizás el ateísmo moderno rechaza a Dios porque ve en Él la imagen de un poder que nos impone límites, como una amenaza a la libertad. Por el contrario, el Dios en el que creemos los cristianos no es ese Señor obsesivo y celoso de su poder, cuya presencia incandescente quema nuestro espacio interior. Esto es lo que quiere indicar el evangelista Juan cuando dice que ya no somos siervos, sino amigos. Dios no es un amo.

26 El seguimiento de Cristo implica, pues, el encuentro de dos libertades : la del Señor que llama, y la del discípulo que responde: Llamó a los que quiso, y ellos le siguieron (cf. Mc 3, 13-19). En otras palabras, la libertad en el segui- miento de Cristo no consiste en llevar la iniciativa, sino en responder a ella. El se- guimiento de Cristo es una invitación, no una imposición. Ahora bien, la res- puesta debe ser una absolutamente per- sonal y libre, pues hemos sido llamados a la libertad (cf. Gal 5, 13).

27 Precisamente por eso, el seguimien- to de Jesucristo no puede basarse en recomendaciones. Jesús no nece- sita el currículum vitae de nadie para saber quién puede seguirle. El evangelio de Marcos lo dice de una manera brutal: “ subió al monte y lla- mó a los que él quiso ” (Mc 3, 13). En ese sentido, el hecho de seguir sus huellas nos hace profundamente li- bres, ya que nos permite ser noso- tros mismos.

28 Ante Dios no necesitamos ni un pedes- tal (Adm 19) ni una carta de recomenda- ción: para Él valemos por nosotros mis- mos, por lo que somos y como somos. En otras palabras, nos ama y nos acepta como somos. Me parece que es a eso a lo que se refiere el evangelista Juan cuan- do dice que la verdad nos hace libres. Los apóstoles eran hombres limitados e imperfectos como lo somos nosotros. La Buena Noticia es que con personas como ellos y nosotros, Jesús quiere edificar su Reino, quiere hacernos heraldos del gran Rey.

29 La persona libre es atractiva porque es alguien que se da el lujo de ser ella misma ; es alguien que vive en la ver- dad: “Si sois fieles a mi mensaje, seréis de verdad mis discípulos; conoceréis la verdad y la verdad os hará libres ” (Jn 8, 31 ‑ 32). En una de las admoniciones, san Fran- cisco traducirá esta frase de la siguiente manera: “cuanto es el hombre ante Dios, tanto es y no más” (Adm 19). La liber- tad exige vivir en la verdad ; y esto sólo se logra siendo fieles a nosotros mis- mos.

30 “Tal es el misterio de la libertad del hom- bre, dice Dios, y de mi comportamiento con él y con su libertad. Si lo sostengo demasiado, ya no es libre, y si no lo sostengo bastante, cae. Si lo sostengo demasiado, expongo su libertad, y si no lo sostengo bastante, expongo su salvación: dos bienes, en cierto sentido, casi igual- mente preciosos. Pero cuando se ha conocido una vez lo que es ser amado libremente, las sumisiones carecen totalmente de atractivo. Cuando se ha conocido lo que es ser amado por hom- bres libres, los servilismos de los esclavos ya no dicen nada”.

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