1 LAS VIRTUDES EN LA VIDA MORAL (6) TEMPLANZA
2 LAS VIRTUDES CARDINALES La enseñanza cristiana tradicional ha sintetizado la actividad moral natural del hombre en el ejercicio de cuatro virtudes fundamentales llamadas “cardinales”. Se llaman así porque son como el quicio alrededor del cual gira la vida moral. Prudencia, Justicia, Fortaleza y Templanza. En la práctica es imposible distinguir la actividad moral natural y la sobrenatural, porque la gracia todo lo eleva, lo diviniza.
3 INTRODUCCI ÓN Afirmando la primacía del espíritu, la doctrina católica siempre ha reconocido también la dignidad de los seres materiales. Al encarnarse el Verbo, asumió íntegramente la naturaleza humana: Jesús es Dios y Hombre. La oposición entre materia y espíritu no es una enseñanza cristiana. La doctrina cristiana reconoce una especialísima dignidad del cuerpo humano, que es “templo del Espíritu Santo” (1 Cor 6, 19).
4 DIGNIDAD DEL CUERPO HUMANO Entre las creaturas sensibles, sólo el hombre es capaz de entrar en comunicación con Dios y está llamado a alcanzar la vida eterna en cuerpo y alma. No se debe rechazar lo sensible, pero hay que seguir a San Pablo: “todo me es lícito, pero no todo me conviene” (1 Cor 6, 12). Actualmente hay una exaltación de lo sensible: “es lícito todo lo que me agrada”. No se puede poner como fin lo que es sólo un medio. La templanza es la virtud que armoniza las exigencias del espíritu y de la materia, en la unidad sustancial de la persona.
5 CUIDAR ALMA Y CUERPO «Es importante cuidar el alma, pero es también importante cuidar el cuerpo y encontrar un equilibrio que nos lleve a conseguir la unidad de vida. Que el cuerpo no sea un estorbo sino un instrumento de ayuda que se cuide y conserve en la salud para obrar en armonía y en unidad, materia y espíritu, para glorificar a Dios» (San Josemaría).
6 CUIDAR ALMA Y CUERPO Cuidar alma y cuerpo, porque la armonía y el equilibrio genera la unidad de vida con la que el hombre alaba, bendice, y glorifica a Dios en la tierra, a través de la oración, del trabajo, de la fe y de las buenas obras. Con el cuerpo también se glorifica a Dios. Es el cuerpo el que obra lo que le dicta el alma, y el alma es perfeccionada a través de la oración. Debemos obrar con pureza de intención. Acompañar a los “Cristos” con María al pie de la cruz, fortalecer sus almas para dominar sus cuerpos, resistiendo a la tentación.
7 ORDEN EN LOS SENTIDOS La templanza tiende a moderar los placeres sensibles, de acuerdo con el recto orden de la razón y con la ordenación del hombre al fin último sobrenatural, a la luz de la fe. Procura un equilibrio capaz de garantizar el desarrollo integral del ser humano, como corresponde a su dignidad de persona destinada a gozar de Dios en el Cielo.
8 LOS FRUTOS DE LA TEMPLANZA Cuando el hombre sabe prescindir de lo que produce daño a su alma se libra de muchas esclavitudes. «La vida recobra entonces los matices que la destemplanza difumina; se está en condiciones de preocuparse de los demás, de compartir lo propio con todos, de dedicarse a tareas grandes. La templanza cría al alma sobria, modesta, comprensiva; le facilita un natural recato que es siempre atractivo, porque se nota en la conducta el señorío de la inteligencia. La templanza no supone limitación, sino grandeza» (San Josemaría, Amigos de Dios, n. 84).
9 EL BUEN OLOR DE CRISTO En el Evangelio vemos a Jesús que está sentado a la mesa, pero también sin tiempo para comer. Se priva del descanso si lo requiere la salud de las almas. Bendice el amor humano, pero también invita a dejar la propia casa para seguirle. Aprecia los detalles de educación y condena los formalismos vacíos. Viste dignamente, pero no tiene dónde reclinar la cabeza. Ama las bellezas de la creación, pero recuerda la fugacidad de esta vida.
10 EL BUEN OLOR DE CRISTO «No anden preocupados diciendo: ¿qué vamos a comer, qué vamos a beber, con qué nos vamos a vestir?» (Mt 6, 31). Con ese abandono en Dios, la templanza se convierte en arma apostólica: el buen olor de Cristo. El cristiano debe dar ejemplo: «Que vean vuestras buenas obras…» (Mt 5, 16). La templanza es uno de los ejemplos más convincentes y atractivos de la vida cristiana.
11 EL BUEN OLOR DE CRISTO «Procuremos hacer todo con medida, que en eso está la templanza. Virtud cardinal, de cardo, quicio, gozne: firme punto de apoyo. Y en la firmeza de esa vitud cardinal vuestra, se apoyarán vuestros amigos, sin darse apenas cuenta; y llevaréis de hecho la dirección espiritual de muchos que no saben lo que es dirección espiritual y que quizá no querrían tenerla» (San Josemaría, Instrucción, mayo-1935, 14.IX.1950, n. 65).
12 EL BUEN OLOR DE CRISTO En todas las circunstancias debemos vivir la templanza con naturalidad, pero con delicadeza. Que se pueda repetir con nosotros aquel comentario de los discípulos de Emaús: «¿acaso nuestro corazón no ardía en nosotros cuando nos hablaba en el camino?» (Lc 24, 32).
13 LAS NECESIDADES “INNECESARIAS” Vivir templadamente se concreta en estar profundamente desprendidos de los bienes materiales. Disfrutarlos, pero no considerarlos necesarios para la salud, descanso, vida espiritual o apostolado. «Hemos de exigirnos en la vida cotidiana, con el fin de no inventarnos falsos problemas, necesidades artificiosas, que en último término proceden del engreimiento, del antojo, de un espíritu comodón y perezoso. Debemos ir a Dios con paso rápido, sin pesos muertos ni impedimentas que dificulten la marcha» (San Josemaría, Amigos de Dios, n. 125).
14 LAS NECESIDADES “INNECESARIAS” En nuestros días hay un afán desenfrenado de comodidades. Casi todo mundo aspira a tener más, gastar más, conseguir más placeres. La eficacia se mide en términos económicos. Si nos descuidamos, todo eso entra en nuestra alma como “por ósmosis”. No es razón suficiente para no privarse de nada la naturalidad, el deseo de ser como los demás.
15 EL MODO CRISTIANO DE VIVIR Debe impregnar todo: las comodidades del hogar, los instrumentos de trabajo, los modos de divertirse. Evitar los gastos excesivos para descansar. No dedicar mucho tiempo al deporte, en prejuicio de otros quehaceres. Usar moderadamente la televisión, internet, celular, tablets… Una persona que vive pendiente de su propio bienestar queda atrapada y no es capaz de oír la voz de Dios. “Lo que cayó entre espinas son los que oyeron la palabra, pero en su caminar se ahogan por las preocupaciones” (Lc 8, 14)
16 LA SOBRIEDAD Uno de los principales campos de la templanza se refiere al uso de comidas y bebidas. Para algunas personas “su Dios es el vientre” (Flp 3, 19). La gula es el desordenado apetito de comer y beber. El hombre sobrio modera el uso de los alimentos, sometiéndolos al orden de la razón iluminada por la fe. Evita comer a deshora y por capricho. Hay que ser mortificados en las comidas, y saber prescindir de vez en cuando de gustos y placeres lícitos.
17 LA SOBRIEDAD Cuidado especial con las bebidas, sobre todo alcohólicas. Han de usarse con moderación. La embriaguez no es un acto ordenable a Dios. Es ilícita aunque no se dañe a nadie ni se produzca escándalo. El uso de drogas es contrario a la templanza, incluyendo las “drogas blandas”. Empeñarnos en ayudar a los que hayan caído en esos vicios, son enfermos del cuerpo y del alma, necesitan comprensión y fortaleza.
18 LA SOBRIEDAD Las buenas maneras son necesarias para la grata convivencia. Hay que moderar los impulsos de la curiosidad, de la lengua… El hombre templado busca la corrección en el porte, el vestido y el aseo. También en las bromas y manifestaciones de regocijo.
19 LA SOBRIEDAD «Es necesario que viváis la sobriedad en todos los sentidos. En el hablar (…). Que sepáis tener medida en la conversación. Habéis de hablar todo lo que haga falta, y con gracia: toda la que os dé Dios; pero mortificaos también, porque el que habla siempre termina por ser una persona molesta para los demás, que cuando le ven venir, dicen: ¡ya ha venido éste!, me voy, porque empieza a hablar y no deja hacerlo a los demás. Si sabéis un chiste gracioso, lo contáis, para que los demás se lo pasen bien; pero en otra ocasión ofrecéis a Dios el no contarlo, y dejáis, en cambio, que los demás intervengan» (Beato Álvaro del Portillo).
20 LA CONVERSIÓN DE SAN AGUSTÍN Un día cuando San Agustín estaba en el jardín orando a Dios para que lo ayudara con la pureza, escuchó la voz de un niño cantándole: “Toma y lee; toma y lee”. Con ello, él se sintió inspirado a abrir su Biblia al azar, y leyó lo primero que llego a su vista. San Agustín leyó las palabras de la carta de San Pablo a los Romanos (13, 13-14): “nada de comilonas y borracheras; nada de lujurias y desenfrenos … revestíos más bien del Señor Jesucristo y no os preocupéis de la carne para satisfacer sus concupiscencias”. Este acontecimiento marcó su vida.