LAS VIRTUDES teologales (3) caridad

1 LAS VIRTUDES teologales (3) caridad«Las obras de miseri...
Author: José Juárez López
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1 LAS VIRTUDES teologales (3) caridad«Las obras de misericordia» (II)

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3 vestir al desnudo No es sólo resguardar al cuerpo de la intemperie; equivale también a ayudar a una persona a mantener su dignidad. El vestido hace posible presentarse convenientemente ante los demás y es, frecuentemente, reflejo de cristiana elegancia interior. No son pocos los que no disponen de medios materiales ni para proporcionarse ropa digna, ni para vestirse con normalidad. Hemos de descubrir en nuestro entorno a estas personas necesitadas.

4 vestir al desnudo Existen, o se pueden promover, instituciones de caridad con las que es posible contribuir de diferentes maneras para facilitar ropa digna a quien lo necesita. Hemos de ayudar a quienes, por pobreza de ideales o de formación, rebajan su propia dignidad en el modo de vestir. Sugerir que no se sigan ciertas modas de malo o de gusto dudoso, es una tarea educativa de especial importancia de los padres de familia. El modo de vestir forma parte del reconocimiento de la propia dignidad. Hagamos ver que el vestido cubre un cuerpo informado por el alma espiritual, que es lo importante, y destinado a la resurrección gloriosa.

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6 visitar a los encarceladosQuien está privado de la libertad necesita ser confortado en la esperanza. «Celebrar el Jubileo de la misericordia con ustedes es aprender a no quedar presos del pasado, del ayer. Es aprender a abrir la puerta al futuro, al mañana; es creer que las cosas pueden ser diferentes; es invitarlos a levantar la cabeza y a trabajar para ganar ese espacio de libertad anhelado. »Celebrar el Jubileo de la Misericordia con ustedes es repetir esa frase que escuchamos recién, tan bien dicha y con tanta fuerza: “Cuando me dieron mi sentencia, alguien me dijo: No te preguntés porqué estás aquí sino para qué”, y que este “para qué” nos lleve adelante, que este “para qué” nos haga ir saltando las vallas de ese engaño social que cree que la seguridad y el orden solamente se logra encarcelando» (Francisco, Cd. Juárez, Chih., 17.II.16).

7 visitar a los encarceladosPensemos también en quienes están encerrados no en cárceles de cemento, sino entre rejas de otro tipo: las que originan el alcohol, la pornografía, las drogas, u otros vicios que aherrojan el alma y la hunden en un abismo. Llevemos a todas estas personas nuestra cercanía, nuestra comprensión, nuestros consejos y, por encima de todo, nuestra oración. Recordémosles que Dios no deja caer de su mano a nadie, que no abandona a ninguno de sus hijos. A todos ofrece nuevas oportunidades, siempre, hasta el último instante de nuestros días.

8 visitar a los encarceladosVIDEO JUBILEO DE LOS PRESOS Y DE LAS PERSONAS MARGINADAS

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10 dar sepultura a los difuntosSaber morir es tan importante como saber vivir, y en los dos casos podemos ser ayudados. El cristiano ha de afrontar ese momento -en sí mismo o en los demás- con esperanza y serenidad. En ocasiones, puede presentarse la tentación de no hablar sobre la muerte ante una persona enferma o muy débil. A la vez, no dejemos de reconocer que unas palabras de ayuda y consuelo pueden resultar una caricia para el alma.

11 dar sepultura a los difuntosOfrecer la Unción de los enfermos no ha de ser motivo de angustia o pesar: en esos momentos la gracia de Dios sostiene al alma de quien podría afrontar con lógica inquietud lo desconocido. Los sacerdotes somos testigos de cómo la misericordia del Señor alivia a los moribundos cuando se les administra ese sacramento. Hay que rezar por esos pacientes, hablándoles con naturalidad del Cielo, sosteniéndolos con nuestra fe, y recordándoles que no estarán solos, sino que en la vida eterna les espera el Amor infinito de Dios.

13 dar sepultura a los difuntosAsimismo, es muy propio de los cristianos cuidar materialmente los lugares donde reposan los difuntos, limpiando sus tumbas y depositando algunas flores. No se trata sólo de avivar el recuerdo y de rezar por sus almas, sino que estas atenciones hacia los fallecidos demuestran también el respeto que mostramos hacia los cuerpos. Creemos firmemente en la resurrección de la carne, y los lugares donde descansan los restos de quienes conocimos nos hacen presente que volverán a la vida.

14 «para resucitar con cristo»Instrucción de la Congregación para la Doctrina de la Fe, 15 de agosto de 2016 La Iglesia sigue prefiriendo la sepultura de los cuerpos, porque con ella se demuestra un mayor aprecio por los difuntos; sin embargo, la cremación no está prohibida, «a no ser que haya sido elegida por razones contrarias a la doctrina cristiana» (Código de Derecho Canónico, can. 1176, § 3). Si por razones legítimas se opta por la cremación del cadáver, las cenizas del difunto, por regla general, deben mantenerse en un lugar sagrado, es decir, en el cementerio o, si es el caso, en una iglesia o en un área especialmente dedicada a tal fin por la autoridad eclesiástica competente.

15 «para resucitar con cristo»Instrucción de la Congregación para la Doctrina de la Fe, 15 de agosto de 2016 No está permitida la conservación de las cenizas en el hogar. Sólo en casos de graves y excepcionales circunstancias, dependiendo de las condiciones culturales de carácter local, el Ordinario, de acuerdo con la Conferencia Episcopal, puede conceder el permiso para conservar las cenizas en el hogar. Las cenizas, sin embargo, no pueden ser divididas entre los diferentes núcleos familiares y se les debe asegurar respeto y condiciones adecuadas de conservación.

16 «para resucitar con cristo»Instrucción de la Congregación para la Doctrina de la Fe, 15 de agosto de 2016 Para evitar cualquier malentendido panteísta, naturalista o nihilista, no sea permitida la dispersión de las cenizas en el aire, en la tierra o en el agua o en cualquier otra forma, o la conversión de las cenizas en recuerdos conmemorativos, en piezas de joyería o en otros artículos, teniendo en cuenta que para estas formas de proceder no se pueden invocar razones higiénicas, sociales o económicas que pueden motivar la opción de la cremación.

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18 enseñar al que no sabe Enseñar es una de las tareas más hermosas que podemos llevar a cabo. El trabajo educativo de las madres, hecho con paciencia, alegría y generosidad, ayuda a los hijos a alcanzar la madurez humana y sobrenatural. El Papa Francisco ha dicho que: “La madre, ante todo, enseña a caminar en la vida y sabe cómo orientar a los hijos (...) No lo ha aprendido en los libros, sino que lo ha aprendido en el propio corazón”. El padre de familia tiene que aprender cada día, con corazón recto, a ser buen esposo, buen padre, gastándose cotidianamente -como hace su esposa- para atender y encender el buen clima del hogar.

19 enseñar al que no sabe Sólo cumple el oficio de buen maestro, y sólo puede aconsejar rectamente a los demás, quien está permanentemente dispuesto a aprender. Todos debemos abrirnos con docilidad a las enseñanzas del Maestro si de veras deseamos ayudar al prójimo con sinceridad. Leer el Evangelio con atención nos hará más sensibles para experimentar la misericordia de su Padre celestial y captar así las inspiraciones del Espíritu Santo. Y entonces, cuando tengamos que orientar o dar un consejo a una persona, brotará en nosotros la pregunta inmediata: ¿cómo lo haría Cristo? Y actuaremos en consecuencia.

20 enseñar al que no sabe El buen ejemplo será el mejor modo de ayudar a los demás. San Josemaría recuerda en su libro Surco que “comenzó Jesús a hacer y luego a enseñar: tú y yo hemos de dar el testimonio del ejemplo, porque no podemos llevar una doble vida: no podemos enseñar lo que no practicamos. En otras palabras, hemos de enseñar lo que, por lo menos, luchamos por practicar”. Nuestra lucha, nuestro deseo de conversión, constituirá un acicate para que otros se fijen en nuestro empeño por vivir la fidelidad cristiana. Si queremos ayudarles, tenemos que exigirnos primero personalmente.

21 el ministerio de la palabraUno de los principales deberes del sacerdote es “enseñar”, transmitiendo a los fieles la Palabra de Dios. Y para eso, debe primero aplicarse personalmente esa Palabra. «En la presencia de Dios, en una lectura reposada del texto, es bueno preguntar, por ejemplo: «Señor, ¿qué me dice a mí este texto? ¿Qué quieres cambiar de mi vida con este mensaje? ¿Qué me molesta en este texto? ¿Por qué esto no me interesa?», o bien: «¿Qué me agrada? ¿Qué me estimula de esta Palabra? ¿Qué me atrae? ¿Por qué me atrae?». Cuando uno intenta escuchar al Señor, suele haber tentaciones. Una de ellas es simplemente sentirse molesto o abrumado y cerrarse; otra tentación muy común es comenzar a pensar lo que el texto dice a otros, para evitar aplicarlo a la propia vida (Francisco, Evangelii gaudium, n. 153).